18.2.2009 |
Categoría: Cerebro |
Elena Sanz
Tags: neurociencia, memoria, historia

A lo largo de la historia han existido muchos pacientes cuya patología nos ha ayudado a entender mejor el funcionamiento de nuestro cerebro. El más famoso es Henry Gustav Molaison (más conocido como H.M.), un sujeto amnésico del que habla en profundidad la revista Neuron en su último número. Cuando tenía 7 años, H.M. tuvo un accidente de bicicleta, a los 10 empezó a sufrir ataques epilépticos, y al cumplir 16 la gravedad de éstos empeoró. A los 27 los ataques le incapacitaban tanto que los médicos decidieron extraerle parte de su lóbulo temporal.
Fue a partir de entonces cuando su memoria empezó a fallar. Era incapaz de aprender nada nuevo, hasta el punto de que no volvió a recordar su edad, ni los nombres de las personas a las que acababan de presentarle. Pero funcionaba correctamente su memoria a corto plazo, que retenía pensamientos durante 20 segundos, suficientes para mantener una conversación coherente o desarrollar ciertas tareas. Se describía a sí mismo “como despertando continuamente de un sueño… cada día está aislado”. En otras palabras, vivía en el más absoluto presente. Pero el resto de sus funciones permanecían intactas, y su inteligencia y sentido del humor incluso asombraban a sus médicos.
Su tragedia se convirtió pronto en una fuente de información crucial para la ciencia. Analizando su cerebro los científicos demostraron, entre otras cosas, que la memoria es una función cerebral completamente independiente, y que parte de sus estructuras claves residen en el lóbulo temporal. Describieron las diferencias entre la memoria a corto plazo y la memoria a largo plazo. Y también descubrieron que existía otro tipo de memoria que le permitía adquirir destrezas y habilidades motoras normalmente, por ejemplo aprender a montar en bicicleta, aunque era incapaz de recordar dónde o cuándo había aprendido.
A H.M. se le considera el sujeto individual más estudiado en la historia de la neurociencia. Y no sólo porque su caso fuera interesante, sino por su manifiesto deseo de ser estudiado. Hablando de su neurocirujano, H.M. dijo en una ocasión: “Lo que ha aprendido sobre mí ayudará a otros; eso me alegra”.
La pregunta más común que se hacían quienes conocían la historia de H.M. era: ¿Qué pasa cuando se mira al espejo? “Podías imaginar que debía manifestar sorpresa e incredulidad ante la visión de un hombre tan viejo, porque no recordaba las décadas que habían pasado desde 1953, cuando su memoria estaba intacta”, escribía en la revista Nature reviews la doctora Suzanne Corkin, del MIT, una de las investigadoras que estudió su caso a fondo. Sin embargo, Corkin pudo comprobar cuando veía su imagen reflejada en el espejo su expresión facial no cambiaba. “En una ocasión le preguntaron '¿Qué piensas sobre tu aspecto?' Y él respondió: 'No soy un chaval'. Su respuesta revelaba su sentido del humor y la aceptación de la imagen que veía en el espejo. Aunque la falta de preocupación de H.M. también se puede atribuir a su amigdalectomia lateral – carecía de las estructuras cerebrales donde residen el miedo y la ansiedad –, también es posible que percibiera su cara como algo familiar por su exposición diaria año tras año”. De eso, añade la investigadora, se ocuparían ciertas regiones cerebrales, como el córtex posterior parahipocampal, que seguían intactas y que parecen jugar un papel clave en la sensación de familiaridad.
Con tantas cuestiones sobre el cerebro aún sin respuesta, no sorprende que tras su muerte, en diciembre del pasado año, su órgano pensante haya sido conservado para continuar las investigaciones.
21.2.2007 |
Categoría: Cerebro |
Elena Sanz
Tags: neurociencia, memoria, cerebro
¿Se le olvida con frecuencia donde ha puesto las llaves? No le eche la culpa al Alzheimer. El aumento de los despistes con la edad podría estar relacionado con la forma natural en que el cerebro almacena la memoria y “hace hueco” para nuevos recuerdos, según revela un nuevo estudio de la Universidad de Florida publicado en Neurobiology of Learning and Memory.
Según sabemos hasta ahora, los recuerdos se forman gracias a que la comunicación entre ciertas neuronas se refuerza. Pero para que esta actividad resulte eficiente, puede ser importante que, simultáneamente, otras comunicaciones neuronales no relacionadas se atenúen. Es, dicen los científicos, como cuando callamos a alguien que está en la misma habitación para escuchar mejor a nuestro interlocutor al otro lado del teléfono. Los expertos lo llaman “Depresión a Largo Plazo” (LTD).
Según el investigador Thomas Foster, este es un proceso normal que ayuda a “esculpir” nuestra memoria. “Al fin y al cabo, no lo recordamos todo con perfecto detalle, y no querríamos hacerlo”, puntualiza. “Probablemente este mecanismo se usa para limpiar los circuitos cerebrales y dejarlos listos para su uso al día siguiente; lo malo es que si ocurre en exceso podría conducir a los frecuentes olvidos que observamos a medida que el cerebro envejece”, añade.
“Lo esencial es que el almacenamiento de información requiere un equilibrio entre los mecanismos que fortalecen y debilitan las conexiones entre neuronas -sinapsis-”, comenta el neurocientífico Mark F. Bear, del MIT. En los procesos de envejecimiento y enfermedad, si el equilibrio se rompe a favor de la LTD se produce una perdida de memoria. “La buena noticia es que cada vez entendemos mejor estos procesos, y que eso nos ayudará a encontrar estrategias para proteger la memoria”, añade Bear.
10.10.2006 |
Categoría: Cerebro |
Elena Sanz
Tags: cerebro, memoria, feromonas
A veces el grado de sofisticación de los engranajes biológicos asusta. Es lo que debe haberles pasado a los científicos franceses del Centre Européen des Sciences du Goût de Dijon tras comprobar que los mamíferos secretan una feromona en la leche materna que informa a sus cachorros de que ha llegado el momento de comer y los guía hasta la “fuente de alimento”. La habilidad de los recién nacidos para mejorar las técnicas para encontrar leche en cuestión de días indica, según publica hoy la revista Current Biology, que el aprendizaje de nuevos olores es muy rápido en los mamíferos, y en concreto en los conejos europeos (Oryctolagus cuniculus) empleados en el experimento.
El oído también se afina precozmente. El pasado mes de agosto en la revista PNAS se podía leer que los bebés aprenden a distinguir los ritmos propios de su entorno cultural mejor que los adultos que los rodean. Según la investigadora Erin Hannon es cuestión de “flexibilidad”: los recién nacidos son más flexibles a la hora de categorizar y diferenciar distintas estructuras musicales.
No cabe duda de que nacemos aprendiendo, y que debemos envejecer sin dejar de hacerlo. ¿Un motivo? Por ejemplo, el que daban hace unas semanas los investigadores del Institute for Learning and Memory del MIT tras demostrar que las neuronas se hacen más fuertes cuando se aprende.
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"Investigar es ver lo que todo el mundo ha visto, y pensar lo que nadie más ha pensado."
(Albert Szent-Györgi)
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